domingo, 10 de febrero de 2013

viernes, 8 de febrero de 2013


Me encanta este video, espero que les guste a ustedes también.
Aquí les dejo unos cuantos más, también de la feliciad.

 
 
 
 

miércoles, 6 de febrero de 2013

Para Platón, la felicidad sólo es posible en el mundo inteligible

La felicidad, esa sensación de plenitud, paz y serenidad que nos llena de alegría interior, y nos permite disfrutar de la vida, parece ser una quimera inalcanzable para la mayoría de la gente.
Sin embargo, una encuesta reciente en Argentina sobre este tema, dio un resultado inesperado: más del 70% de las personas que fueron interrogadas contestó que era feliz.
Este porcentaje se asemeja al registrado en países europeos, mientras que en el resto del mundo donde se realizó este tipo de investigación, las cifras fueron muy inferiores.
La definición de felicidad que figura en el diccionario nos dice entre otras cosas, que la felicidad es el estado del ánimo de satisfacción y contento que se complace en la posesión de un bien.
 
Esta definición corresponde a una filosofía materialista propia de países de alto nivel de consumo, con una cosmovisión que identifica al Ser con el tener.

Pero todos sabemos que ni bien hemos accedido a un bien deseado nuestro interés va decayendo en forma rápida junto con el estado de satisfacción que nos provocó antes de tenerlo. De manera que esa definición describe a la felicidad como una posibilidad pasajera que cuando termina, ahonda aún más la sensación de vacío y descontento interior provocando un nuevo anhelo.
Como señalé en un artículo anterior, para el Dalai Lama la felicidad puede ser un estado permanente en los seres humanos y se puede lograr con el desapego y la compasión que nos permiten cambiar nuestra forma de ver el mundo y liberarnos del sufrimiento.
Para Platón, la felicidad es posible cuando el hombre puede contemplar las esencias de las cosas que para este filósofo son las ideas de Dios. Se refiere a ver con el intelecto, más allá de la ilusión que nos ofrecen nuestros sentidos.
Platon reconoce que no se puede ser feliz sin ver la obra de Dios en el mundo que se manifiesta como modelo para la felicidad humana.
Para que el hombre pueda alcanzar la felicidad es necesario que se identifique con Dios practicando la virtud.
Nunca un ser humano podrá ser como Dios pero la tarea del hombre para ser feliz es parecerse a Él lo más que pueda por medio de la sabiduría; ya que los dioses se ocupan de cuidar a todos los que desean ser justos.
Platón consideraba que ofrecerle sacrificios a Dios y elevarle súplicas, para el hombre justo es la mejor forma de lograr una vida feliz, pero para los malvados estas ofrendas y pedidos no tienen eficacia.
El culto religioso y la virtud son por lo tanto en Platón los medios para ser dichoso en esta vida porque sólo los virtuosos pueden ser verdaderamente buenos y felices.
Para Platón la virtud es el conocimiento de lo que es realmente bueno para el hombre y la idea de lo que esa bueno no es relativa sino que es un valor absoluto, porque si no fuera así no podría ser objeto de conocimiento.
Oriente al respecto no difiere de occidente con su doctrina que propone la compasión como la principal virtud y el desapego o el fin de los deseos para lograr la felicidad.
Del mismo modo, la filosofía platónica describe al mundo sensible como ilusorio porque la verdadera realidad en primer lugar es la idea del bien.
 

lunes, 4 de febrero de 2013

Sócrates y la felicidad

En uno de los diálogos de República, escrito hace más de dos mil años pero tan vigente hoy como entonces, Platón nos cuenta el desafío que uno de sus personajes le plantea a Sócrates, protagonista del diálogo. Así, narra la historia de Giges, un pastor al servicio del rey de Lidia. Cierto día en que Giges llevó a pastar a sus ovejas se desató una tormenta acompañada por un terremoto que abriría una profunda grieta en la tierra. Consternado, Giges se asomó a la grieta y creyó divisar en su fondo un anillo de oro, que inmediatamente se calzó en un dedo. Días después, el pastor asistió a una reunión de pastores con su anillo y allí descubrió en él una cualidad mágica: cuando giraba el anillo, se volvía invisible para los demás, que comenzaban a hablar sobre él como si no estuviera presente. Cuando lo hacía girar nuevamente, los acontecimientos retomaban su curso natural. Se hizo entonces nombrar por los pastores mensajero ante el rey, a quien debería informar sobre el estado de los rebaños. Una vez en la corte, sedujo a la reina y se sirvió de ella para asesinar al rey y apoderarse del reino. El desafío del Sócrates de República consistiría en persuadir a sus interlocutores de que es posible que una persona se conduzca moralmente aun cuando esté en posesión de ese mágico anillo.

Pero, lejos de ello, y ya volviendo a nuestra desencantada realidad, ni un Sócrates reencarnado podría vencer la irrefutabilidad de los datos aportados por las respuestas a otra de las preguntas de la encuesta: "Si tuvieras la oportunidad de cometer un único acto de corrupción que no perjudicara a ninguna persona directamente y que para vos significara una gran diferencia económica, ¿creés que lo cometerías?". Sorprendentemente, el 28,7 por ciento respondió afirmativamente; el 12 por ciento, que probablemente lo haría, y el 6,7 no supo cómo habría de actuar. Pero, al igual que en la Grecia clásica, parecería que en la ciudad de Buenos Aires son mayoría aquellos que pretenden que la clave de la felicidad se encuentra en el enriquecimiento a cualquier precio, más tentador aún cuando se mantiene a salvo el honor que ayuda a conservar el poder, naturalmente asociado con el dinero.
Es posible replicar, a modo de magro consuelo, que nuestros jóvenes -ayudados por la formulación de la pregunta- se abstendrían de matar a rey alguno para quedarse con el botín. Pero, como en el relato platónico, muchos no serían tan firmes en sus convicciones como para resistirse a cometer un acto corrupto a sabiendas de que, de hacerlo, no recibirán castigo alguno. Y si poseyeran algo parecido al anillo de Giges no dudarían en abusar de su poder, transgrediendo toda norma al amparo de la impunidad que el anillo les conferiría. Porque a Giges, después de todo, no le fue nada mal.

En la misma obra, Platón nos invita a hacer un experimento imaginario. Y dice algo así: pensemos en dos hombres, Equis y Zeta. Equis está dotado de todas las virtudes. Zeta tiene todos los vicios. Uno es el modelo del hombre de bien; el otro, de la más execrable corrupción moral. Pero a continuación imaginemos que de cada uno de estos hombres todos creen que es exactamente lo opuesto de lo que en realidad es. Y que pese a que Equis es el modelo del hombre virtuoso, es tenido erróneamente por corrupto, por la encarnación misma de todos los vicios. Y, a la inversa, pese a que Zeta es el paradigma de la corrupción, es considerado un modelo de virtud, el poseedor de las excelsas cualidades poseídas por Equis.
En este experimento imaginario, el contraste entre lo que un hombre es y lo que parece ser ante la mirada de los otros es tan perversamente marcado y definitorio como lo es el tipo de vida que le espera a uno y a otro. Mientras que el genuino virtuoso sufre el desprecio de sus semejantes y lleva una vida miserable, el corrupto con apariencia de virtuoso sólo recibe premios, honores y elogios.
Ahora bien: como espectadores de ambas escenas ¿a quién diríamos que le va mejor? ¿Acaso, hoy como ayer, debemos darle una vez más la razón a Woody Allen, que sentenció algo así como que los buenos duermen bien de noche pero los malos la pasan mejor de día?

Si Sócrates recorriera nuestras calles como solía recorrer las de Atenas, preguntando a cada cual por el sentido de la honestidad en un país donde la impunidad se ha tornado moneda corriente, donde los anillos de Giges calzan en cualquier dedo que se preste y se multiplican como los panes y los peces, no tendría chance alguna. Ciertamente, los anillos de Giges porteños no se cobran la vida del infortunado rey de Lidia (si bien se cobran, a veces, las de infortunados ciudadanos rasos). Pero dan piedra libre para que muchos crean que se puede actuar impunemente y que, en caso de caer en desgracia, la Justicia los absolverá.

Pero no todo está perdido. Pues, en contrapartida, así como se puede ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío, el sondeo también nos revela que el 51,8% de los jóvenes encuestados negaron que fueran a cometer el mentado acto de corrupción. Con sus respuestas, como una vez lo hicieron con Sócrates, nos desafían. A fin de cuentas, ni nosotros ni nadie puede asegurarles que alcanzarán la felicidad. Pero sí debemos poder asumir un compromiso garantizándoles que toda violación de la ley implica la sanción de un castigo. Y que, de ahora en adelante, la impunidad no va más.


domingo, 3 de febrero de 2013

Kant y la Felicidad

La define Kant como “el estado de un ser racional en el mundo, al cual, en el conjunto de su existencia, le va todo según su deseo y voluntad”.
         La ley moral no coincide con las leyes de la naturaleza y de la inclinación, leyes de las que dependen nuestra felicidad, por lo que no necesariamente la persona buena va a ser feliz, o la mala infeliz. Kant consideró que cuando el fundamento de determinación de la voluntad (el motivo de la acción) es la felicidad, la conducta no es absolutamente moral (podrá ser conforme al deber pero no por deber). Sin embargo, no pudo olvidar el extraordinario valor que la felicidad parece tener en la esfera humana, valor que el propio Kant acaba reconociendo en su concepción del Sumo Bien como síntesis de virtud y felicidad.
 
Aquí les dejo unas frases de Kant:
El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.
  
 El hombre es celoso si ama; la mujer también, aunque no ame.
  
La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte.
  
 En las tinieblas la imaginación trabaja más activamente que en plena luz.
 
Dormía y soñaba que la vida era bella; desperté y advertí que la vida era deber.
 
El derecho es el conjunto de condiciones que permiten a la libertad de cada uno acomodarse a la libertad de todos.
    
Con las piedras que con duro intento los críticos te lanzan, bien puedes erigirte un monumento.
    
La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación.
 
La libertad es aquella facultad que aumenta la utilidad de todas las demás facultades.
    
No se puede aprender filosofía, tan sólo se puede aprender a filosofar
 
 
  

sábado, 2 de febrero de 2013

LA ETICA DE ARISTÓTELES O LA BÚSQUEDA

REFERENCIA SOBRE DE ARISTÓTELES
Aristóteles es el pensador más extraordinario que ha dado la humanidad. Nos asombra no solo la vastedad de sus conocimientos, sino muy especialmente la profundidad y penetración de su pensamiento. Del dijo Augusto Compte que era "el príncipe eterno de los verdaderos pensadores". Por su parte, el filósofo español Rafael Cambra dice que Aristóteles es "el fruto intelectual más granado de aquella civilización refinada, especialmente idónea para la filosofía, verdadera edad dorada de la cultura humana"(6).
Aristóteles ingresó a la Academia de Platón a los 17 años, y allí permaneció durante 20 años. En esta Institución se nutrió en las fuentes más puras del pensamiento de su época.
Tiempo después fundo su propia escuela que se conoció con el nombre de "Liceo". En su liceo trabajo sin descanso en la creación de la más vasta obra científico-filosófica de la antigüedad.
Dada la finalidad de este libro, sólo nos ocuparemos de estudiar su pensamiento ético , el cual, dicho sea de paso, descansa sobre los supuestos fundamentos de su metafísica, y se orienta a la consecución del sumo bien, el cual sólo puede alcanzarse a través de la política.
Aristóteles asignó gran importancia a los problemas éticos, a tal punto que hasta nosotros han llegado tres libros de ética de su autoría. Ellos son: La Ética Eudemia, la ética Nicomaquea y la Gran Ética. Además, un opúsculo sobre las Virtudes y los Vicios.
Los calificativos de "eudemia" y "nicomaquea", seguramente se derivan de sus editores, su amigo Eudemo de Rodas, y su hijo Nicómaco. Por su parte, la Gran Ética, parece tener su origen en una edición hecha en el siglo III a .C. con el fin de reconciliar sus ideas con las de Platón.



viernes, 1 de febrero de 2013

SANTO TOMÁS DE AQUINO

(1225 – 1274) Nacido en las proximidades de Aquino, teólogo dominico, alumno y luego profesor en la Universidad de París, adhirió a la tendencia de apertura al conocimiento racional y científico que marcó el siglo XIII.
Algunos colaboradores de Santo Tomas le proporcionaron la traducción del Corpus Aristotelicum, aún de las partes que estaban prohibidas por haber sido introducidas en el mundo occidental por los pensadores árabes, entre ellos Averroes. Allí encontró la base óptima para conciliar el conocimiento revelado de Dios y la investigación científica de los hechos naturales, sin negar la supremacía de la fe. Santo Tomás reivindicó el valor de la razón como facultad cognoscitiva.
Esta nueva filosofía se encuentra comprendida en la Suma Teológica, obra que abarca desde reflexiones acerca de la naturaleza hasta el tema de Dios, pasando por la metafísica en general, el hombre y la moral, y donde podemos ver cómo, en términos de eco, Santo Tomás "cristianizó a Aristóteles" y "proporcionó a la iglesia un sistema doctrinal que la puso de acuerdo con el mundo natural".
La ética o filosofía práctica que propone Santo Tomás se encuentra enmarcada por el sistema arquitectónico que constituye su doctrina, donde cada disciplina se encuentra íntimamente relacionada con las otras, por lo que aislar una de ellas y pretender describirla sin aludir a las demás, es sumamente difícil.
Tal como lo hizo Aristóteles, Santo Tomás sostiene que todos los hombres oran por un fin, y que los diversos fines pueden ser, a su vez, medios para la obtención de otro fin, formando una cadena o una serie de cadenas que se unen en una cúspide constituida por el fin último, que es para todos los hombres, tal como sostenía Aristóteles, la Felicidad.
Santo Tomás, partiendo de la revolución cristiana, afirma que todo el universo, incluido el hombre, ha sido creado por un ser perfecto, eterno, infinitamente poderoso e inteligente, que da la razón de ser al orden natural del cosmos, de los seres animados y del hombre.
Dios es la causa primera de todas las criaturas, y ésta son orientadas, en conformidad con su propia naturaleza, a su perfección, es decir, a Dios, quien se constituye de este modo, en causa primera y fin último de la creación, alfa y omega de todos los seres.
¿Podemos afirmar que todos los hombres alcanzan su propia perfección, tal como lo hacen los demás seres naturales?
No, porque el hombre, por ser la criatura más elevada en la jerarquía natural, está dotado de libertad, de modo que tenderá hacia su fin último o se apartará de él con cada una de sus acciones libres. El hombre, el ser creado más importante en el orden natural, puede decir "no" a su propia perfección, a su fin último, hacia Dios.
Santo Tomás analiza los distintos tipos de bienes en los cuales el hombre puede buscar la felicidad, los clasifica, y va marcando para cada uno porqué no pueden brindar al hombre la bio-venturanza.
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* "Potencia" está tomada como "Facultad", es decir "capacidad para". Estas potencias se definen por sus actos (así, por ejemplo, la potencia auditiva no es lo mismo que la potencia visual, porque el acto de oír no es lo mismo que el acto de ver). Las potencias anímicas son dos: la inteligencia y la voluntad, y son "instrumentos" que posee el alma para realizar sus actos.
El ir descartando los distintos bienes, para afirmar como conclusión que sólo Dios puede constituir la felicidad para el hombre, es sólo el primer camino que emprende Santo Tomás.
Este filósofo enraya una segunda vía para afirmar la misma conclusión, y es el siguiente:
El alma tiene dos potencias o facultades: la inteligencia y la voluntad. La voluntad es el apetito que tiende al bien, pero no es capaz de conocer por sí mismo sino que aparece aquello que la razón muestra.
La razón es un aspecto teórico, es capaz de conocer o aprender la esencia de las cosas, y por conocer la esencia, conoce en forma universal. La razón práctica, a su vez, es aquella capaz de conocer el bien; por lo tanto, puede conocer el bien universal, y éste es el objeto de la voluntad.
"La bondad de la voluntad depende de su objeto, el cual le es propuesto por la razón. Por esto la bondad de la voluntad depende de la razón, según el modo mismo en que ella depende del objeto"
Los diversos bienes naturales, por ser limitados, no constituyen ese Bien Universal, sino que participan, en mayor o menor medida, del bien. Nuestra voluntad apetece el bien, pero, a nuestro alrededores, no encontramos el bien, sino distintos bienes, algunos mejores que otros. Y nosotros no deseamos estos bienes por lo que tienen de limitados, sino porque, en cierta medida tienen algo bueno.
La voluntad desea el bien ilimitado, y no lo encuentra en el orden natural. No obstante, ese bien existe, y es Dios. Podemos diferenciar entonces dos tipos de felicidad, una imperfecta y natural, propia de esta vida; y otra perfecta y sobrenatural, inaccesible durante nuestra actual existencia.
Debemos obrar bien siempre, y al obrar bien repetidamente, adquiriremos las virtudes, que son disposiciones que se establecen para obrar bien, es decir, "refuerzos" que reciben nuestras facultades que les facilitan el obrar recto.
"Hay en el hombre una aptitud natural hacia la virtud, pero la perfección misma de la virtud requiere necesariamente una cierta disciplina para quien quiere adquirirla".
Santo Tomás clasifica las virtudes en dos grandes grupos: las virtudes intelectuales y las morales. Las primeras perfeccionan el intelecto,; los segundos, la voluntad y a los apetitos. Las virtudes morales, tal como sostenía Aristóteles, constituyen un término medio, diferenciándose en tres: la justicia (lleva el obrar bien dando a cada uno lo suyo), la fortaleza (modera el temor y la audacia), y la templanza (modera los apetitos de la parte concupiscible).
La virtud principal es la prudencia, que nos permite determinar, en cada situación concreta, dónde está el término medio. Esta virtud, por lo tanto, rige a las otras, de manera que, cuando se obra rectamente los apetitos sensibles se encuentran guiados por la razón.
"El hombre disponible, para luchar contra sus impulsos, de las armas de la razón, de las que no disponen los otros animales".
"El bien del hombre consiste en conformes a la razón, y el mal, por el contrario, en lo que es fuera de ella".
Al obrar guiados por la razón, estaremos obrando también conforme a la ley natural que orienta nuestros actos hacia el fin último, es decir, Dios, el cual nos permite alcanzar la felicidad, puesto que la ley natural participa de la ley eterna, de la providencia divina, que rige el curso de toda la creación.